lunes, 17 de febrero de 2014

RELATO DE UN ILUSTRE HUESPED DEL BALNEARIO DE MONDARIZ EN SU VISITA A SALVATIERRA. 1880

Emilio H. Arrangüiz fue un militar Español que participó en la Guerra de Cuba desde el año 1870 al año 1875. De esta experiencia no saldría indemne, no tanto por las heridas del enemigo como por las enfermedades contraídas en el trópico que propiciaron su vuelta a España. Destinado en 1878 a la Coruña y ya con graduación de General, decide por consejo de sus médicos tomar las aguas del Balneario de Mondariz. Con motivo de esta visita el General Arranguiz nos cuenta en su relato del viaje una breve visita a Salvatierra en la que nos aporta detalles curiosos de la precariedad en las comunicaciones de la época. 

Foto revista la Temporada. Balneario Mondariz. General  Arrangúiz



Entonces, como puede deducirse, no era tan fácil y cómodo el viaje desde La Coruña, y menos desde Madrid u otros puntos, porque si bien podía llegarse hasta Porrino con la lentitud y molestias de los malos coches que en Carril podían tomarse, unas veces por llegar éstos retrasados y no querer salir alguno que hubiera, y otras por haber salido ya con otros pasajeros, se corría el riesgo de tener que dormir en Porriño.
Por fin se emprendía la marcha en cualquiera de los dos coches ómnibus que hacían este servicio, y para hablar de sus condiciones, es preciso decir que eran aún más malos que los citados anteriormente y con ganado desigual: mulas y caballos pequeños del país, enganchados con tirantes de cuerdas y atalajes destrozados, que muchos no correspondían a la magnitud del ganado; en fin, que contemplando aquello, acudía la idea de si podrían arrastrar en alguna regular pendiente aquel armatoste, y si no sería peligroso exponerse al riesgo de un vuelco o retroceso que fuera causa de lanzar al coche a algún barranco. Puesto en marcha el desvencijado vehículo, y afrontada la pendiente que ofrece el camino en el precioso término de Confurco, a cinco kilómetros de Porrino, había que ver el arte con que los dos conductores del coche lo conducían, ya torciendo el tiro, animándole con sus dichos y hasta empujando al carruaje.
Se llegó, con mil zozobras y temores, al alto de Confurco, y nada más justo que aquellos hombres celebraran con buenas libaciones una faena que en Porrino se nos figuró harto difícil.
Emprendida la marcha, llegamos a Puenteareas vencida la tarde, y he aquí otro contratiempo: el coche en que llegué no continuaba basta Mondariz, y como no pude encontrar otro que me llevara a dicho punto, tuve que quedarme en una mala posada a pasar la noche.
Refiero esto con tanta minuciosidad porque deseo hacer resaltar los medios y facilidades que hoy existen, comparados con los que había en aquellos tiempos,

En el año 1878 no existía la carretera que desde Puenteareas va a Salvatierra, y los ocho kilómetros y medio que desde Puenteareas se recorren hasta Troncoso se hacían por un camino vecinal que no tendría próximamente más de seis metros de ancho, por cuya razón era natural que no quisieran los coches aventurarse a pasar de noche. Los que de Castilla, León y Sur de España venían desde Salvatierra tenían que seguir en el ferrocarril hasta Porrino, y desde allí emprendían del mismo modo la peregrinación que he contado. Desde Salvatierra a Puenteareas entonces sólo había un camino que únicamente podía transitarse a caballo o en carro del país, como así lo recorrí el año 1880 desde Mondariz, para embarcar, como lo hice, en un barco de pesca en Salvatierra y tener el gusto de recorrer el precioso trozo del Miño hasta Tuy”.

Fuente- La temporada de Mondariz 20 de Abril de 1921


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