miércoles, 9 de febrero de 2011

HISTORIAS DE TUY. Un día de mercado en Tuy hacia 1870. Nostalgia del poeta Manuel Pérez Pérez.





Don Manuel, sin duda con el febril recuerdo por su tierra de la que se fue siendo un niño de apenas 12 años, recrea en un singular gallego mestizado, la memoría de sus años como escolar en Tuy , donde recibió las enseñanzas de Don Ricardo Padín, maestro de muchas generaciones.






UN DIA DE MERCADO Y FERIA EN TUY
-ensalada trilíngüe-
Era un buen día del año no sé cuántos, unos cinco o seis lustros atrás.
El sol asomaba en cándida faz, sobre los pinares de Salvatierra; el Miño corría blandamente por entre la doble hilera de álamos y sauces de sus floridas márgenes; las torres de Valenza relumbraban imponentes, sobre un fondo de esmeralda, la montaña de San Julián se erguía, a lo lejos, como una muralla interpuesta entre el mar y la tierra; y por la amplia carretera, los sinuosos caminos y los angostos carreiros que cruzan las feraces Veigas do Louro, convertidos en caudalosos ríos de gente, en apresurada marcha, se derramaba sobre la vieja ciudad tudense la bulliciosa población de las aldeas circunvecinas.
vellos de sacho o lombo, homes con bultos as costas, mozos de pantalón remontado, mulleres con cestas na cabeza, raparígas de capotillo novo cruzado o peito, rapaces con embrullos na man, confundían en las plazas, calles y huecos de la ciudad, con apuestos caballeros de capa terciada al hombro, pachorrudos canónigos de amplia sotana y lustrosa teja, estudiantes de puntiagudo bicornio y burlona faz, señoras de grave continente, criadas pizpiretas, pilluelos jugadores de pateiro, en medio de un murmullo sordo de colmena, en indescriptible torbellino de idas y venidas.
Los mercados , las tiendas, las fondas rebosaban de gente que se enfilaba a lo largo de la Corredera, bajaba por la Rua Nova, remontaba la Canicouva, se derramaba por Rio Molinos, Santo Domingo y la Glorieta, para arremolinarse sobre la Plaza de Fernando VII, vendiendo, comprando, comiendo y charlando por entre ferradas de millo, cestos d’ovos, municos de peixe, xaulas de galiñas, acífates de pantrigo, caixas de rosquillas e bulsas de feixons.
Un enjambre de chicos traviesos, desertados de la escuela, apedrea desde lejos el coche desde el que un portugués charlatán exhibe vistas de las cinco partes del mundo, ante un círculo de aldeanas
curiosas que, mediante dous cartos por cabeza, compran el derecho de embelesarse un momento, en contemplarlas.
- Agora väo a ver vocemeces a verdadera cidade de Lisboa- exclamaba nuestro hombre, haciendo sonar un resorte- Essa qu’ está ahí, d’ vista das senhoras, e a praca do Rocío.
-Chuca- Dice una de las aldeanas a otra, sin desclavar los ojos de lo que cautiva su atención- ¿Ves aquel home que vai alí?
-Vexo- contesta la interpelada- ¡E como nos mira o condenado!
-¡ Ay Dios mío! ¡Parecech’ o meu fillo!
- Agora- continua el portugués, cambiando la decoración interna de su desvencijado carricoche- vou ensinar a vocemeces….
Pero, en esto, una piedra arrojada por el grupo de muchachos traviesos, rompe un oculo del ambulante panorama, que salta en añicos, produciendo un desparrame de aldeanos; y el portugués, botando mao ao pau que lleva consigo para estos casos, se lanza en persecución de aquella bulliciosa camada de filhos da mae, que sale echando chispas por delante de él, tratándolo de rabudo, sin gran temor al palo que amenaza descalabrarlos.
Hacia medio día, y apenas adelgazado el torrente humano que desemboca en la ciudad por distintos puntos, asoman los feriantes con sus bien llenas yuntas de bueyes de reluciente pelaje y lustrosa cornamenta; atraviesan por el Rollo, en dirección al Foso, en donde tiene lugar la feria, y, al poco rato, aquel inmenso receptáculo de ganado en exhibición ondea, brama y espuma como un mar, acariciado por una racha de viento manso.
Por entre los huecos que dejan libres las yuntas, enfilados simétricamente, unas al lado de otras, con sus dueños al frente, pasan y repasan, van y vienen los feriantes, tirando rabos, alzando patas, examinando dentaduras, hasta que dan con una pareja que llena aparentemente sus ansias, y pregunta uno:
-¿Cánto pides polos bois, oh?
- cen pesos
-¡Cardspita, son de prata ou ten os carapitos d’ouro?.
El vendedor pone su mercancía por los cuernos de la luna; el
comprador la rebaja, hasta dejarla por el suelo; a un peso de quita,
Concedido a regañadientes, responde otro de aumento, largado con pesar, y la operación de compra-venta, empujada por pintoresca verba de dime y diretes, avanza lentamente hacia su término.
-Dall’a a seña, oh! -dice, por fin, uno del grupo comprador. El interesado saca, entonces, la tradicional peseta y trata de hacerla aceptar por el vendedor, que se resiste con todas sus fuerzas a recibirla, apretando ferozmente la mano que aquel forcejea para abrirle, en una lucha que a a veces se prolonga indefinidamente, entre empellones y carcajadas, a los encontrados gritos de:
-¡Non ch’a quero, non!-,¡pois has de tomala, coiro!
Si el vendedor cede, el comprador hace pasear los bueyes, les tira del rabo, para ver si no amolecen, vuelve a calcular su edad, por el examen de los dientes, les da aire a los ojos con la mano abierta, para cerciorarse de que no son ciegos, y si la pareja responde a sus anhelos, este abre la bulsa, aquel suena la moneda y se rocía el negocio con un neto de viño por cabeza.
Arriba, en la lonja de tierra que se extiende sobre la explanada que domina el foso, a espaldas de la cárcel pública, frente al cementerio, como un complemento de la feria de bueyes, vacas y becerros, están los caballos, mulas y pollinos, pasando por las mismas alternativas de aquella, entre relinchos y carreras, rebuznos y latigazos que se mezclan en el ambiente con mugidos y cornadas, varazos y balidos.
A la caída de la noche, aquel mar viviente de ganado, roto el dique que lo mantenía preso en reducido espacio, se desborda rumoroso por los mismos rumbos que allí lo congregaran; los traficantes del mercado levantan su campamento de cestos, municos, cajas, bolsas y paquetes, y el torrente humano se dispone a seguir al vacuno-caballar, como la espuma a la ola.
Entonces son los apuros; los negocios todos del pueblo se llenan de mujeres ávidas de dejar en ellos los pocos pesos obtenidos en el mercado o beneficiados en la feria, al son de apremiantes pedidos de toda clase de objetos, que vuelven locos a los encargados de cumplirlos.
-¡Deame catro cartos de gas, e inchame ben a limeña!- dice una
-¡ A min un chavo de canela, e non me vaia a roubar!. Dice otra
-¡ Un anaco de bacallao, para min!
-¡ E a min…!
Pero.. Discúlpeme el lector que no continue, porque ainda teño qu’ir a escola. Y son las cinco de la tarde de aquel día de hace tantos años, que pasaron sobre mi cuerpo, pero no sobre mi alma.

Numael Ezper. Buenos Aires, 26 de Agosto de 1908.

Extraido del libro "Manuel Pérez Pérez, un salcedense no esquecimento" Editorial Cardeñoso-

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