miércoles, 21 de abril de 2010

De tormentas y soledades



"Después de la tormenta" Raciel Linares-Cuba


Sentí el aire ionizado, voluptuoso
heraldo fidedigno de la tormenta.

Sentí la plomiza atmósfera
oprimiendo densa el aeróbico círculo
de torpes y minúsculos seres alados.
Sentí las primeras gotas
desparramándose por los eriales
detapando esencias a tierra mojada.

Se precipitó el cielo
sobre todas las cosas
liberando su desconsuelo
y muchos espontáneos arroyos
serpentearon por caballones y acequias
arrastrando en su rumbo
una escuadra otoñal de hojas secas.

Escampó la nube sus taciturnos grises
e hízose del éter un mar inverso
y refulgieron los objetos
con argénteos guiños de azogue imposible.

Amainó la tormenta.
Cuando cerré mi paraguas,
reparé cuan solitario y triste
fue mi cobijo.

miércoles, 7 de abril de 2010

Poesía concupiscente


"Planos para hacer una jaula" Aut@r: Yamil Chandare




Y qué si a la tarde lloro
el mañana triste
o me muere tanto
tu omisión al verme.

Y qué, si teniendo ahora
tu talle en mis palmas
me atenaza el frío
del amante unívoco
soledad en ciernes.

Y no,
no es bella una jaula
si el ser es volátil

lunes, 15 de febrero de 2010

Cuando llegas, cuando partes



"Parelha no telhado" Leandro Lamas Ermida


Llegas como la saeta
con el inminente silbido del aire
que avisa,
inclemente de Levantes y ventiscas
con un derrocar de oropéndolas.

Llegas,
como un síntoma del dolor olvidado
en las heridas exangües
y te instalas en mi consternada estancia
clausurando mis tragaluces,
luz velada, ceniza en el aire.

Y aun, de tenerte, ahito
señoreando mi colmado feudo de pasiones
temo tu partida
converso en estatua de malecón
o cánido de cuneta.

Tengo miedo de tus andenes de periplo
enjugando tus adioses
en un pañuelo triste
secretando su textura
con enojo de tu textura ausente.

Poesía concupiscente



Título "Concupiscente II" Auto@r: Nana. Argentina

Apuro tu cata
de fugaz caricia,
te siento súbita,
en la diluida dimensión
de los relojes opresores.

Ralentizo el goce
y te amo,
pausa a pausa
a cámara lenta,
con actos impertérritos
y sin secuencia,
abominando las apoteosis
por su postrero éxtasis.

Me detengo en tu cuerpo
aquel de la eternidad de limbos,
en tu cuerpo
aquella inmunidad de cuchillos,
en tu cuerpo
aquel de las romas espinas.
a la búsqueda del recreo
del menesteroso olvido.

Acaricio tu iconoclasia de rectas,
negando
cualquier física diferente.

viernes, 5 de febrero de 2010

TU CARNE




Con título 2009- Elia Torrecilla Patiño-Vigo (ganadora Edición 2009 Balconades-Altea)



De todo lo que duele en mi alma
Está hecha tu carne,
Tu carne esquiva
De exiliado roce.

Severa métrica de los cuerpos,
Separados
Hiriente el aire
Entre los intersticios del vientre
Del pecho, de los muslos, de los labios
Espacios que con la nada laceran
A la piel de la piel privada.

De todo lo que duele en mi pecho
Tu carne firme,
Trémula y rosa
Prieta y no dada
Que por no conjugarte cerca
Allende y no mía
A voces, muerto el susurro
Grito tu tacto.

De todo lo que muere en mi alma
Tu carne esta hecha.

jueves, 4 de febrero de 2010

Días azules como vahídos


" En torno a ella" Marc Shagall


Días azules como vahídos,
Sol que busca tus mejillas
Cegado en su lozanía.

Ocluyentes nubes
Arrebatando al astro sus oros
Humedeciendo tus labios
Que callan como oquedades.

Cuando la brisa canta
Allá en el glauco balanceo
De las copas
una irisada madeja ensortijada
-hebra que teje enamoramientos-
son tus cabellos en maraña
como pérsicos bordados

Rocíos matinales
Cautivos de las arañas egoístas
¡Verla despertar!
Cual una providencia de manzanas
Como yo la veo, arrobado
Desde mi panorámica de platea.

Y si la luna amanece
Hegemónica en los pardos crepúsculos
ella resplandece
Como un rubor de mármoles
¡Firmamento raso
en cuerpo celeste!

viernes, 22 de enero de 2010



"Memorias llenas de ausencia " Dario Mijango.


El tercer hombre

Aquel hombre caminó los arenales entre carcasas de bivalvos y estrellas de mar fosilizadas. Las olas espumosas, morían a sus pies, como el desmayo de un mar epiléptico que recobraba la consciencia en nuevos impulsos hasta la playa. Miró a lo lejos, mar adentro, y tuvo la impresión de que un cuerpo luchaba contra las olas alzando los brazos entre ondulados golpes de mar. Aguzó su vista entornando los ojos, y lo vio claramente: un hombre se debatía al límite de sus fuerzas, intentando alcanzar la costa. Nunca había sido un buen nadador. El mar, desapacible, disuadía a la razón de la posibilidad de una inmersión. Miró alrededor buscando una presencia, alguien en quién delegar, a quién recabar auxilio, pero la costa solitaria le negaba cualquier presencia humana. Pensó en su vida, desde su niñez, hasta sus treinta y seis años, y lo que vio, como en una telemetría existencial, no fueron logros u objetivos alcanzados, solamente sucesos, secuencias de acontecimientos vitales que produjeron sentimientos encontrados, sensaciones de satisfacción y de tristeza. Pensó en su mujer y en su hija y de pronto borró su mente y sin ningún silogismo pío, se lanzó al mar proceloso, en dirección a aquel cuerpo que braceaba entre corrientes, que combatía la muerte sumergida entre corales y colonias fantasmales de algas.
Poco a poco las rompientes amainaron sus embates, la espuma o la rabia del portador del tridente, sofocó su tono, y los pájaros marinos sobrevolaron las orillas. Una calma funesta invadió el litoral, solo alterada por el murmullo acompasado de la marea.
La arena mojada reflejaba la transición de las nubes y era ahora el albacea de su mar. A donde el llegaba, lo que había engullido o lo que a él había sido arrojado, se manifestaba en su húmeda superficie. Las maderas hinchadas de mesanas quebrados, botellas con mensajes de tierras exóticas, algunas sirenas desterradas por enamorarse de grumetes a los que indultaron en su aliento, y seres humanos que dieron su vida por otros. Aquel hombre yacía sin vida entre cangrejos insidiosos y gaviotas acechantes. No muy lejos, otro cuerpo tumefacto con sus ropas en jirones, era mecido por las olas con un compás tétrico e inanimado.

Durante un tiempo la muerte fue el epicentro de un cuadro con motivos marinos. Salió el sol del mediodía y brillaron las colas de sirena al tiempo que algún destello de un verde intenso delataba un membrete de isla lejana en el interior de las botellas. Del confín de la playa, donde los ecosistemas se entregan al mestizaje, casi rayando el bosque de pinos, surgió una figura humana. Avanzó titubeando en dirección a la orilla. Alzaba la mano a su frente a modo de visera en ese gesto inútil por otear el horizonte difuso. Pronto su paso fue decisivo. Se acercó al primer cuerpo, el del hombre que fue infructuosamente auxiliado y lo arrastro hacia la arena seca. Enseguida se percato de su fallecimiento. Desde lejos se podía interpretar que frotaba su pecho y sus piernas intentando devolverle algún atisbo de vida, desde lejos aquel hombre tomaba un relevo de humanidad que antes había sido ejercido en ese mismo escenario.
Cuando se dirigió al segundo cuerpo, perteneciente al fallido socorrista su procedimiento fue el mismo. Desde lejos se podía interpretar que frotaba su pecho y sus piernas intentando devolverle algún atisbo de vida. En realidad, sus manos en su tórax extraían la cartera y todos sus efectos personales, en las piernas, a la altura de los bolsillos del pantalón, buscaba los restos de alguna calderilla, ni siquiera el ademán de tomar el pulso, era otra cosa que la extracción de los relojes de pulsera, detenidos en aquellas fatídicas horas.
El expoliador necrófago dio la espalda al mar y a la muerte y se perdió entre la arboleda lejana con su ignominioso botín. Desamparados en la playa reposaban los restos de la piedad maltrecha por la rapiña, salobres envoltorios de almas en tránsito, aturdidas por los recientes decesos.
En lontananza, un enorme petrolero vaciaba sus sentinas, dejando un rastro inmundo de fuel mientras una embarcación a su costado intentaba temeraria, maniobras de abordaje para frustrar el vertido.
El mundo conocido crecía en su edad del tiempo y las fuerzas se debatían por todo su orbe en contiendas donde el heroísmo y la villanía no daban tregua a la paz del hombre.