jueves, 29 de octubre de 2009

Sebastián y los cancerberos de la virtud.


"San Sebastián y los minotauros" Fernando Gallardo






Sebastián había sido educado a la manera maniqueista, esto es, aleccionado en la idea simple de que había buenos y malos. Es así como, mucho antes de haber visto en su vida un imán, era un experto en polaridades. La cosa moral era pues, algo binario y sencillo, se reducía a rufianes y beatos, vicio y virtud, Dios y el diablo y en un plano más terrenal el párroco, Don Damián y nuevamente el imán, aunque esta vez más musulmán que magnético y obviamente de polaridad negativa.
Fue así como desde ese cimiento fundacional de su carácter jamás perturbó u osó cuestionar la veracidad dualista de ese credo y se convirtió en un circunspecto señor, rígido de costumbres, austero de principios, recio de moral y recto de nalgas, aunque este último dato anatómico, no tengo muy claro que aporte una mayor clarividencia sobre su sólido templo interior.
Esa bipolaridad en su concepción del mundo alcanzaba otras parcelas más allá de las puramente religiosas y por ende se extendía a todos los órdenes de la vida, así fueran cuestiones de índole doméstica, laboral o social. Todos los pilares sobre los que dicha bipolaridad se sostenía, eran un cartesiano diccionario de valores que se definían de forma honrosa en sí mismos o se depreciaban en sus antónimos, es decir, para Sebastián existía el sacrificio o la holgazanería, Caín o Abel, vestido e impudicia, intelecto o barbarie, salvación o condena, jamás contempló la posibilidad del trabajo planificado, del ladrón bueno, del bikini, o de las causas sobreseídas.
Llegados a este punto resulta fácil situar a Sebastián dentro de una escogida grey de daltónicos de las costumbres ya que estas eran blancas o negras, todo lo más, cenicientas tonalidades en las que se clasificaba a una comunidad de gentes, cuando menos sospechosas de sevicia u otros infaustos pecados.
Sebastián asistía con la precisión broncínea, que las campanas le marcaban tocando a repique dominical, a los maitines del párroco Don Damián, a quien veneraba en sus enfervorizadas homilías llamando a la serenidad del espíritu:
-Huid de la fornicación. Cualquier otro pecado que el hombre cometa, esta fuera del cuerpo; pero el que fornica, contra su propio cuerpo peca" 1 Corintios 6:18 Y Sebastián abría los ojos con delectación viendo en Don Julián un adalid de la pureza, el azote de los concupiscentes y de los lascivos y de los sátiros y de los súcubos y de los íncubos y de los príapos, ¡Dios mío cuánta gente en el fornicio¡
Cuando sus quehaceres del ánima le dispensaban de la asistencia a sus sacros compromisos nuestro Sebastián frecuentaba la botica de Don Eutimio, el farmacéutico. Este era el catalizador de cualquier rumor fundado o infundado. A pesar de la naturaleza terapéutica de su negocio, no pocas veces, por falaz y maledicente, levantaba migrañas e intensas jaquecas en más de un vecino/a que veían como las confidencias hechas tras el mesado de la botica volaban con apremio como lo hacen los tordos en los días crecientes de marzo. Don Eutimio era capaz de establecer un flujo de comunicación casi con cualquiera a quién viese posibilidad de sonsacarle algún inconfesable secreto y a fe que se prodigaba en ello. Sebastián que sentía una envidia sana por la confraternización tan amigable del farmacéutico con el párroco a veces se sorprendía preguntándose, si Don Eutimio no lograría arrancarle algún secreto de confesión a Don Damián y enseguida se arrepentía de semejantes elucubraciones, que le hacían sentirse indigno de sus respectivas amistades, aunque en el fondo persistía la duda, una duda que provenía del principio de saber que saben. Sebastián, algunos años atrás había hecho partícipe a su confesor, el párroco, de una enfermiza obsesión por Obdulia, una de las meretrices de la Señora Gertrudis, una joven blanca y lozana de senos turgentes y abultados de matrona italiana, pero el curita amonestara duramente a Damián y este en un acto de contrición ejemplar se redimió rezando en absoluto secreto el “yo pecador me confieso” todas las noches durante un año al acostarse, tal fue la penitencia que le impuso su amigo el religioso.
Fuera el boticario precisamente el que le hablara de las purgaciones de más de uno del pueblo, que gozaba de intachable conducta y que había acudido desesperado a la farmacia en busca de penicilina.
-Y Dígame: decía esbozando la mejor y más farisea de sus sonrisas ¿para qué va a usar la penicilina? Porque claro sabrá usted que este medicamente no es una broma, mal administrado puede provocar incluso una muerte horrible.
La pregunta con retintín, la formulaba cada vez que algún cliente le pedía el fármaco mostrándole la anotación en un ajado papel con una mano, mientras que con la otra, se frotaba con el mayor disimulo las partes pudendas. Pero este gesto no se le escapaba al astuto Boticario.
-Damián estos no necesitan penicilina, estos lo que necesitan es una brida en la cintura y hablando de cintura, en cintura los iba a meter yo. Algunos tienen ladillas como conejos.
Y Damián con su expresión boba tenía la sensación de estar a salvo de cualquier amenaza del cuerpo y del espíritu, entre aquellos cancerberos de la ética, observada con rigor y prestancia.
El maestro por aquel entonces era Don Indalecio, que conformaba el triplete salvaguarda del honor descarriado. El docente tenía la mano pesada y su afán punitivo eran las orejas. Sentía una insana propensión a imponer castigos que consistían en una especialidad que él se planteaba casi como olímpica, estirar cartílagos en series numéricas del uno al treinta, según lo que el interpretase como leve o grave en las insubordinaciones o faltas cometidas por sus atemorizados y renuentes alumnos. Don Indalecio era curiosamente de pabellones paquidérmicos y sus ojos eran apenas dos botones en unos pómulos desproporcionadamente salientes. Adolecía de un curioso tic nervioso, que consistía en juntar el dedo pulgar y el corazón y a modo de catapulta golpear repetidamente su oreja derecha. Don Indalecio en el colmo de su arbitrariedad le había hecho saber a Sebastián una cierta inquina por Gerardito, el hijo de soltera de Sabina, la de los panaderos.
-Un hijo sin padre Sebastián es una deshonra. Esa pelandusca me endosa a su fiera en el aula y yo tengo que apechugar con el monstruito.
Sebastián asentía seguro de que las invectivas de Don Indalecio no eran baladís y que Sabina era esa mujer casquivana que el profesor ponía en tela de juicio, porque a ver si no, ¿ qué mujer yacía con un hombre antes de bendecir esa coyunda con el santo sacramento del matrimonio?.

Corría el día seis de agosto, en el santoral fecha en que los moros de Abderramán martirizaron a San esteban y doscientos monjes en el monasterio de Cardeña (dato histórico este, que confirmaba la polaridad negativa de los imanes), uno de esos días calurosos en los que la sobremesa hay que hacerla al amparo de las sombras. Sebastían se había quedado sin achicoria para la infusión que todas las noches se tomaba antes de acostarse y resolvió pasarse un instante por la tienda de ultramarinos de José Mari. Entró en la tienda distraído observando algunos accesorios de pesca con mosca y cuando levantó la vista se encontró de bruces con Obdulia. La moza, para aliviarse de los rigores de la canícula, llevaba un corsé apretado que propulsaba imparables sus poderosos senos hacia un cielo en el que Sebastián se instalo durante unos breves instantes en los que duró aquella turbadora visión. Obdulia que era puta pero no tonta, percibió la turbación del hombre y saco pecho mirando con pícaros modos a Sebastián, como instándole al cortejo con esas armas sutiles que sólo una mujer de trayectoria sabe cómo percutir. Sebastián notó el sudor que corría por su espalda, la boca seca y el corazón encabritado en el pecho. Percibió también un dolor sordo que nunca antes había experimentado en el contorno de su escroto y avergonzado experimentó una erección como jamás había tenido. Durante varios días un prurito de ansiedad no le dejo a sol ni a sombra, perdió el apetito, y tenía terribles pesadillas en las que una legión de rameras le hacían el amor hasta desfallecer. Mezcló bromuro en sus comidas, se sumergía en la bañera, llena con el agua cortante extraída del pozo artesano, rezaba a Judas Tadeo, pero aquella calentura persistía.
Una noche capituló. Veía a Obdulia semidesnuda entre lienzos blancos tendiéndole los brazos y reclamándole a su regazo y aquella visión fue demasiado. Estalló. Subrepticiamente se dirigió, como furtivo lunar, de esquina en esquina, en dirección a la casa de lenocinio. Subió las escaleras hasta el recibidor y entró. Una afectada elegancia que rozaba la chabacanería, estaba presente en aquel lugar, en las estatuas de Eros y Afrodita, en las moquetas de azul intenso, en las orquídeas artificiales y las cornucopias. Hizo sonar una campanilla en forma de fraile, con túnica cónica cuyo badajo era un pene, pero nadie acudió a su requerimiento. Incómodo por su extemporánea presencia en aquel lugar, se decidió a culminar la empresa que hasta allí le había traído. Echo a andar por un pasillo con decorados barrocos que herían el buen gusto y de pronto de una de las habitaciones le llego una risa que hubiera reconocido, así le rodearan de las peores comadres del pueblo despellejando a los ateos y disolutos. No lo pensó y entro resuelto sin llamar.
Quedó petrificado en el umbral de la puerta y una escena destelló en su mente, como la luz que hirió a Saulo y lo descabalgó de su montura. Lo que veía no podía ser algo más que una alucinación, Don Damián el párroco, con la botonera de la sotana abierta y en calzones largos que colgaban a la altura de sus rodillas,magreaba goloso los glúteos de una rolliza muchacha pelirroja que de espaldas a él, era poseída por el páter. Al tiempo sobre un mullido diván, el maestro Don Indalecio fornicaba resoplando como un animal desbocado, con otra jovencita que a juzgar por sus maneras había sido instruida como amazona en el noble ejercicio de la equitación. En un plano más discreto, el farmacéutico Don Eutimio retozaba desnudo sobre una hermosa cama doselada con Obdulia, que se dejaba querer como sólo las buenas profesionales saben hacer.
En el fragor de aquella orgía, Eutimio fue el primero en darse cuenta de la irrupción de Sebastián y en un respingo, ponerse de pie y calzarse sus prendas interiores fue todo uno.
-Sebastían ¿cómo entras sin llamar hombre?. Esto no es lo que parece.
Mientras tanto sus compañeros de orgía habían tenido tiempo y susto como para dar flaccidez a sus argumentos. El cura se santiguaba como si quisiera deshacer algún horrible exorcismo, el maestro trataba de reaccionar pero en ese instante dudaba de si la capital de España era Madrid o Sodoma, las putas sonreían divertidas o tal vez aliviadas, porque tenían el presentimiento de que ese día cobrarían el servicio sin las engorrosas contraprestaciones del mismo.
El Farmacéutico reparó en la mirada furibunda de Sebastián hacia él que todavía sujetaba del talle a una obdulia con los pechos desparramados y provocadores y a modo de disculpa alcanzó a decir,
-No pierdas cuidado Sebastián para mí es sólo una aventura. En cuanto quieras puedes rondarla sin preocuparte por rezar el “yo pecador” ni tarambanas del estilo.
El párroco se santiguaba a una velocidad vertiginosa y Don Indalecio movía su cabeza de paquidermo con resignación de un lado a otro.

Sebastián caminó de regreso a casa entre las calles vacías tratando de reorganizar más de cincuenta años de convicciones que se tambaleaban. En el fondo sentía una sensación nueva de alivio o ligereza, como esa mejoría tan reconfortante que nos embarga después de un vómito. Al pasar por delante de la de sabina, Gerardito, que parecía un murciélago con aquellas enormes orejas y los pómulos desproporcionadamente salientes, le observaba desde su ventana avanzar con su paso cansino y derrotado. Gerardito, juntando el dedo pulgar y el corazón a modo de catapulta se golpeaba repetidamente su oreja derecha mientras Sebastián se alejaba a lomos de una aguda crisis de valores.

Jesús Presa

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