
SMITH & WESSON
Desde el principio yo sabía que él no estaba en el buen camino. Su manera de modelar los giros de mi cuerpo con sus manos, los cuidados exagerados que me prodigaba, su forma cavilante de mirarme sobre su cama, eran indicios de que ningún buen presagio se avecinaba.
Algún acontecimiento inesperado en su vida había transformado su carácter en los últimos tiempos, convirtiéndole en uno de esos vapuleados sparrings que otean en todas direcciones para evitar ser noqueados. Le notaba nervioso a mi lado y me necesitaba física y tangible en su presencia, forzándome a comparecer y obligándome a la permanencia, como un talismán que aleja y conjura acechos de adversidad, ángulos muertos para vivos o simplemente la insidia de un aliento tras el vano de una puerta.
Amanecíamos juntos en su habitación hermética, que salvo por cuestiones mobiliarias y debido a aquel mencionado hermetismo, más bien parecía un delirio de carceleros, una metáfora enmaquetada de las cárceles y presidios, pues hacía gala de un despliegue de cerrajería tal, que sólo un sentimiento podía aportar una explicación sostenible:¡el miedo!.
Se incorporaba en la cama y fumando, casi oculto entre densas volutas de tabaco negro, trataba de descubrir los indicios del nuevo día en la intensidad de la luz que se filtraba. Caminaba despacio hacia la ventana enrejada y colaba el enfoque de su retina entre los delgados huecos de los estores y observaba la calle, la misma calle de siempre con su bar de la esquina y sus cafés infames, los parterres de sufridos geranios y su trasiego de seres grises que hubieran podido ser, más allá de su dimensión real, la plástica humanidad de una pintura de Tolouse. Después, cuando en el aspecto de la calle, ningún elemento rompía el orden cotidiano, se retiraba de su vigía a la reconfortante intimidad de la pieza, dejando a sus espaldas unas celosías, que para él constituían una ornamentada tranquilidad del ánimo.
A pesar de todo, a veces salíamos de nuestro confinamiento. Entonces, se diría que cada esquina era una emboscada y sus ojos caleidoscópicos, lo escrutaban todo como un depredador hambriento penetrando en la intricada espesura, como buscando un oponente imaginario o carnal, entre el colectivo anónimo ajeno a sus intrigas, y yo, estrechamente unida a él, cómplice cerval y necesaria, su razón de amarme.
Era reconfortante sentir el cariño de su mano trémula, sin embargo inquietante, descubrir tras su caricia, una connotación latente de justiciera causa.
Esos días los recuerdo como una etapa convulsa y oscura. A menudo le sorprendía hablando vehemente con rostros torvos que negaban respuestas a sus inquerimientos; recorríamos entera la ciudad para volver a casa fatigados, lastrados por aquella insatisfecha sensación de los misterios sin resolver y hallábamos descanso en nuestro cubil. El, su hambre, yo, sus garras para satisfacerla.
Recuerdo bien el último día. El asfalto ha sido siempre gris ¿verdad? Yo os juro que en aquella calle maldita, el asfalto era rojo, como una si colosal licuadora se hubiera tragado a alguno de sus vecinos y hubiera escupido sus despojos en fluidos sanguinolentos.
Unas horas antes, había abierto la puerta con violencia. Me causaba una cierta desazón- algo similar a una percepción de lo que por expuesto se torna vulnerable-ver la puerta franqueada con todos aquellos postigos y aldabas anulados en su clausura de espacios. Me besó, sin preámbulos, e hizo sonar seis veces mi corazón en mi interior, y alcancé a oírle murmurar:
“entregaré tu corazón a otro hombre”.
Salió corriendo escaleras abajo, llevándome en volandas, con una premura que sólo el amor o el desagravio demandan. Yo no quería creer que había llegado esa infausta hora, pero no podía negarme porque su voluntad era la mía. Prosiguió a la carrera por la ciudad en calma, sin detenerse a tomar resuello. El descanso podría aliviar su cansancio, pero no purgaría jamás aquella obsesión que le atormentaba.
Cuando aquel otro hombre apareció, sentí que me apretaba fuertemente entre sus ropas.
Os enfrentasteis y yo como testigo inanimada y parcial presentí la inminencia de la separación, que me traicionabas entregándole mi corazón helado y grité- escuchándose en la calle varias detonaciones- y mí plúmbea entraña se alojó en el corazón de carne del otro hombre, hasta seis veces, vacía ya, mi recámara. Un ruido metálico de casquillos percutió sobre las losas y un golpe sordo como el que producen los sacos de los estibadores en las cubiertas del puerto, turbó el silencio de los soportales. Te vi corriendo enfilando los turbios callejones desde el suelo al que me arrojaste, envuelta en un fino pañuelo de gasa, aun después de haberte complacido, aun después de haber interpretado aquel amor servil por ti .En el aire un olor rancio a pólvora ,el ruido de la ley y aullidos de sirena y represalia sobre tus talones
Desde el principio yo sabía que él no estaba en el buen camino. Su manera de modelar los giros de mi cuerpo con sus manos, los cuidados exagerados que me prodigaba, su forma cavilante de mirarme sobre su cama, eran indicios de que ningún buen presagio se avecinaba.
Algún acontecimiento inesperado en su vida había transformado su carácter en los últimos tiempos, convirtiéndole en uno de esos vapuleados sparrings que otean en todas direcciones para evitar ser noqueados. Le notaba nervioso a mi lado y me necesitaba física y tangible en su presencia, forzándome a comparecer y obligándome a la permanencia, como un talismán que aleja y conjura acechos de adversidad, ángulos muertos para vivos o simplemente la insidia de un aliento tras el vano de una puerta.
Amanecíamos juntos en su habitación hermética, que salvo por cuestiones mobiliarias y debido a aquel mencionado hermetismo, más bien parecía un delirio de carceleros, una metáfora enmaquetada de las cárceles y presidios, pues hacía gala de un despliegue de cerrajería tal, que sólo un sentimiento podía aportar una explicación sostenible:¡el miedo!.
Se incorporaba en la cama y fumando, casi oculto entre densas volutas de tabaco negro, trataba de descubrir los indicios del nuevo día en la intensidad de la luz que se filtraba. Caminaba despacio hacia la ventana enrejada y colaba el enfoque de su retina entre los delgados huecos de los estores y observaba la calle, la misma calle de siempre con su bar de la esquina y sus cafés infames, los parterres de sufridos geranios y su trasiego de seres grises que hubieran podido ser, más allá de su dimensión real, la plástica humanidad de una pintura de Tolouse. Después, cuando en el aspecto de la calle, ningún elemento rompía el orden cotidiano, se retiraba de su vigía a la reconfortante intimidad de la pieza, dejando a sus espaldas unas celosías, que para él constituían una ornamentada tranquilidad del ánimo.
A pesar de todo, a veces salíamos de nuestro confinamiento. Entonces, se diría que cada esquina era una emboscada y sus ojos caleidoscópicos, lo escrutaban todo como un depredador hambriento penetrando en la intricada espesura, como buscando un oponente imaginario o carnal, entre el colectivo anónimo ajeno a sus intrigas, y yo, estrechamente unida a él, cómplice cerval y necesaria, su razón de amarme.
Era reconfortante sentir el cariño de su mano trémula, sin embargo inquietante, descubrir tras su caricia, una connotación latente de justiciera causa.
Esos días los recuerdo como una etapa convulsa y oscura. A menudo le sorprendía hablando vehemente con rostros torvos que negaban respuestas a sus inquerimientos; recorríamos entera la ciudad para volver a casa fatigados, lastrados por aquella insatisfecha sensación de los misterios sin resolver y hallábamos descanso en nuestro cubil. El, su hambre, yo, sus garras para satisfacerla.
Recuerdo bien el último día. El asfalto ha sido siempre gris ¿verdad? Yo os juro que en aquella calle maldita, el asfalto era rojo, como una si colosal licuadora se hubiera tragado a alguno de sus vecinos y hubiera escupido sus despojos en fluidos sanguinolentos.
Unas horas antes, había abierto la puerta con violencia. Me causaba una cierta desazón- algo similar a una percepción de lo que por expuesto se torna vulnerable-ver la puerta franqueada con todos aquellos postigos y aldabas anulados en su clausura de espacios. Me besó, sin preámbulos, e hizo sonar seis veces mi corazón en mi interior, y alcancé a oírle murmurar:
“entregaré tu corazón a otro hombre”.
Salió corriendo escaleras abajo, llevándome en volandas, con una premura que sólo el amor o el desagravio demandan. Yo no quería creer que había llegado esa infausta hora, pero no podía negarme porque su voluntad era la mía. Prosiguió a la carrera por la ciudad en calma, sin detenerse a tomar resuello. El descanso podría aliviar su cansancio, pero no purgaría jamás aquella obsesión que le atormentaba.
Cuando aquel otro hombre apareció, sentí que me apretaba fuertemente entre sus ropas.
Os enfrentasteis y yo como testigo inanimada y parcial presentí la inminencia de la separación, que me traicionabas entregándole mi corazón helado y grité- escuchándose en la calle varias detonaciones- y mí plúmbea entraña se alojó en el corazón de carne del otro hombre, hasta seis veces, vacía ya, mi recámara. Un ruido metálico de casquillos percutió sobre las losas y un golpe sordo como el que producen los sacos de los estibadores en las cubiertas del puerto, turbó el silencio de los soportales. Te vi corriendo enfilando los turbios callejones desde el suelo al que me arrojaste, envuelta en un fino pañuelo de gasa, aun después de haberte complacido, aun después de haber interpretado aquel amor servil por ti .En el aire un olor rancio a pólvora ,el ruido de la ley y aullidos de sirena y represalia sobre tus talones
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