martes, 1 de septiembre de 2009

El chupete de Matías

Matías se encendía. Cuando hablábamos de injusticia social se ponía incandescente como Johnny Storm.

Sin embargo, pese a la vehemencia de su discurso, pocas veces llegó a resultarme convincente. Una suspicacia que no sabía muy bien cómo justificar, me sacudía.Puede ser que su aparición tuviese algo que ver con aquella manía suya de hojear extasiado la revista "Cosmopolitan", mirando de soslayo las glamourosas páginas destinadas a publicidad para extraterrestres.

Confieso que muchas veces me conmovían sus diatribas, como cuando lanzaba su inquina contra los laboratorios Monsanto:

Hijos de puta!, camellos del grano, ¡pero tú ves!, estos cabrones nos van a reventar a transgénicos. Acabaremos siendo mutantes y para entonces Blade Runner, no será una película de culto, sino una premonición hecha realidad.

¡Soberanía alimentaria y alimentos sanos para todos, hombre!.

Pero había algo en sus arengas que no me encajaba, algo que bien pudiera ser la inmoralidad de sus carritos del Carrefour, repletos de embalajes multicolores con etiquetas que solapadamente decían estar genéticamente modificadas, había algo como de rumor de Orleans en su lado mixtificador, un apego por las grasas saturadas de las multinacionales del donut, había algo en su gula de carpanta y sus prolongadas siestas, en su insana morbidez.

Donde se granjeaba mi respeto de verdad, era en el alto concepto que tenía de la igualdad de género, en la equiparación de la mujer. Ahí, debo reconocer que incluso despertaba en mí, una incómoda sensación de culpabilidad. A mí, que sólo he puesto distancia entre los senos y yo, cuando contienen vajilla, que necesito un módulo de igualdad que regenere mi extirpe hasta los bisabuelos, llegaba a infundirme un enorme respeto su talante de paridad.

Con todo, algunos flecos seguían sin encajar. Nunca llegué a entender por qué se tomaba siempre la última copa en el chiringuito que "la Trini" regentaba en Peinador, entre meretrices cansadas cuyo acento evocaba el pastoso paladar del goulash de las tierras del norte o la delicuescente textura de la guayaba caribeña.

A pesar de todo siempre sentí un profundo respeto por él. Sus reivindicaciones sobre el sofware libre, la Tasa Tobin, el paradigma militar de los Suizos, el Esperanto, la autarquía, la censura del bodrio, Seatle forever..., todas ejercían en mí una suerte de enganche emocional, la necesidad imperiosa de creer en algo o el camino a la rebelión frente a la comunión con ostias del tipo ¡Ay!, o del tipo eucaristía.

Fue el invierno pasado. Me lo comentó Gabri, el del puesto de pescado en el Berbés:

-¿Sabes que al Matías le tocó la "primi"

-¡Estás de coña!.

-¡Que no, tio!. yo también creí que era una fantasmada, pero es legal, un mogollón de euros.



La fortuna cayó en el barrio y apuntó directamente al inconformismo de Matías.Lo hizo con algunos millones de euros y yo pensé que el iba a cambiar muchas cosas, aunque no podía imaginarme la dirección en que lo haría.

Transcurrieran algunos meses y estábamos ya al final del verano. Supe que Matías estaba haciendo turismo sexual en Cuba y que se había dado de baja en la ONG Ayuda en acción a la que su pertenencia tanto le enorgullecía. Toño, "el furgonas" haciendo el reparto de SEUR, lo había visto con uno de esos cuatro por cuatro americanos, Hummer, lo llaman, por lo que colegí que se había olvidado lo del desarollo sostenible.

Me han dicho también que ha contratado una filipina para las tareas del hogar, que según las malas lenguas esta aquí de estrangis y que se monta unas bacanales pantagruélicas en su chalet de la playa, que por cierto vulnera la ley de costas, pero no pasa nada porque el hartazgo de sus banquetes alcanza al estómago del concejal de urbanismo.



De vez en cuando coincido con él por la calle y desde la prepotencia de su vehículo militar adaptado a la vida civil, cruzamos una mirada que yo juraría tiene algo de resignación o derrota.
video

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada